Por Miguel Serio Sucar




Miguel Omar Serio Sucar: La Disciplina que No Aparece en el Currículum
Hay una verdad que aprendí con los años, y que ningún MBA ni ningún seminario de negocios te enseña abiertamente: la mente que nunca descansa, eventualmente falla. No de golpe, sino gradualmente — pierde matices, pierde perspectiva, empieza a confundir urgencia con importancia. Los mejores negocios que he cerrado, las mejores decisiones que he tomado como empresario, no nacieron frente a una pantalla. Nacieron después de un buen partido de tenis, a dieciocho metros bajo el agua o parado frente a un edificio que me dejó sin palabras. Mis hobbies no son un lujo ni una distracción. Son parte de mi disciplina. Son el lado de mi formación que no cabe en una tarjeta de presentación, pero que aparece en cada decisión que tomo.
Buceo: donde aprendí que el control empieza por la respiración
El buceo llegó a mi vida como un accidente y se quedó como una necesidad. La primera vez que descendí a diez metros y el mundo de arriba desapareció — el ruido, las pantallas, las pendientes — entendí algo que ningún libro de negocios me había enseñado con esa claridad: el control de la respiración es el control de todo lo demás. Cuando respiras bien bajo el agua, conservas el aire, mantienes la calma y tomas mejores decisiones. Cuando respiras mal, el pánico llega antes de que haya un motivo real para tenerlo.
Con el tiempo, el buceo se convirtió en algo mucho más que deporte. Es un laboratorio. Cada inmersión exige una preparación que no admite descuidos: revisar el equipo dos veces, estudiar las condiciones del mar, conocer la profundidad, acordar señales con el compañero. No hay improvisación descuidada bajo el agua — o llegas preparado o pagas las consecuencias. Ese rigor previo, esa costumbre de no dar por sentado ningún detalle antes de comprometerse con una inmersión, es exactamente la misma actitud que llevo a mis proyectos inmobiliarios. Ningún contrato se firma sin revisarlo. Ningún predio se adquiere sin conocer su historial. El due diligence no es burocracia — es el equivalente empresarial de revisar tu regulador antes de sumergirte.
Pero la lección más profunda que el buceo me ha dado es sobre la confianza en el equipo. Bajo el agua, tu compañero de buceo no es una figura decorativa — es parte de tu sistema de seguridad. Si algo falla, él está ahí. Y tú para él. Esa dependencia mutua, esa responsabilidad compartida sin necesidad de palabras, es uno de los vínculos más honestos que puede haber entre dos personas. Me enseñó que en los negocios, el socio o el colaborador en quien confías no es un gasto operativo. Es tu compañero de inmersión. Y elegirlo bien lo cambia todo.
Hoy, cuando enfrento una negociación complicada o una decisión que me genera presión, recuerdo lo que el mar me enseñó: respira. Cuando respiras bien, el problema no desaparece, pero tú apareces mejor.
Tenis: el espejo más honesto que encontré
El tenis es el deporte que más me ha enseñado sobre el carácter — el mío y el de las personas con quienes compito. Es un juego que se juega solo, sin posibilidad de esconderse detrás de un equipo ni de distribuir la responsabilidad. Cada error es tuyo. Cada punto ganado también. Esa soledad en la cancha, lejos de intimidarme, me fascina, porque refleja con una precisión incómoda cómo entiendo la vida empresarial: yo soy responsable de mis resultados.
En el tenis no puedes culpar al árbitro de un error de backhand, ni al viento de una doble falta en el momento clave. El marcador es tuyo. Y eso, para un empresario acostumbrado a que el entorno siempre tenga algo que ver con los resultados — el mercado, la economía, la competencia — es un recordatorio refrescante de que la variable principal sigues siendo tú.
Lo que más me ha dado el tenis, más allá del juego en sí, es el aprendizaje de leer al otro. En la cancha, tu rival te dice cosas constantemente: cómo se mueve, dónde prefiere la pelota, en qué momento le sube la ansiedad, cuándo empieza a jugar a no perder en vez de jugar a ganar. Leer eso correctamente es la diferencia entre ganar un partido parejo y perderlo. En los negocios ocurre exactamente lo mismo: la capacidad de leer a quien tienes enfrente — sus prioridades reales, sus miedos, sus motivaciones — vale más que cualquier argumento de venta. El tenis me entrenó para eso.
Y hay algo más que el tenis me regaló: la gestión de la presión en tiempo real. No hay manera de pausar un partido para pensar con calma cuando el marcador está 5-6 en el tercer set. Tienes que decidir, ejecutar y asumir. Esa capacidad de funcionar bien bajo presión, de no contraerte cuando las circunstancias se complican, es quizás la habilidad más transferible que cualquier cancha puede darte.
Golf: el negociador más difícil que he enfrentado
El golf es el deporte más honesto que conozco, y también el más cruel. No puedes fingir en el golf. No hay forma de convencer al campo de que mereces un resultado distinto al que te ganaste golpe por golpe. El marcador no tiene sentimientos, el rough no perdona las malas decisiones y el viento no negocia. Cada ronda es un ejercicio de humildad radical — y eso, para un empresario, no es un castigo. Es un regalo extraordinario.
Lo que el golf te enseña con cada hoyo es la gestión de lo que no puedes controlar. La pelota cae donde cae. El lie es el que es. No sirve de nada lamentarse del mal golpe anterior — hay que evaluar la situación real, elegir el palo correcto y ejecutar. Esa capacidad de aceptar el punto de partida tal como es, sin distorsionarlo con lo que “debería haber sido”, es una de las habilidades mentales más valiosas en cualquier negociación. Cuántas veces en los negocios nos aferramos al precio que pagamos por algo, al plan original, al escenario que imaginamos — en lugar de leer la situación actual y actuar desde ahí.
Hay otra dimensión del golf que pocas personas fuera del juego conocen: el hoyo 19. La conversación después del partido, caminando de regreso al club, cuando las defensas bajan y las personas se muestran como son. Más de una relación profesional que me importa hoy comenzó en una cancha de golf, no en una sala de juntas. Porque el golf revela el carácter: cómo reacciona alguien a un mal tiro, si respeta las reglas cuando nadie lo está viendo, si sabe ganar sin soberbia y perder sin excusas. Eso me dice más sobre una persona que tres reuniones formales juntas.
El golf también me recuerda, hoyo a hoyo, que el largo plazo importa más que el golpe de hoy. Un buen empresario, como un buen golfista, no construye su juego alrededor de los birdies espectaculares. Lo construye alrededor de la consistencia, de evitar los grandes errores, de tomar decisiones inteligentes en cada situación.
Arquitectura: el lenguaje visual de lo que construyo
La arquitectura no es solo un hobby para mí — es el lenguaje visual de todo lo que hago profesionalmente. Como empresario del sector inmobiliario, vivo rodeado de espacios, planos y proyectos, pero mi fascinación por la arquitectura va mucho más allá del negocio. Es una pasión estética y filosófica que comenzó mucho antes de que yo entendiera lo que hacía.
Desde joven me quedaba parado frente a edificios que me llamaban la atención — no siempre los más imponentes, sino los que tenían algo que no podía definir con facilidad: una proporción que se sentía correcta, una manera de manejar la luz, una relación entre interior y exterior que te hacía querer quedarte. Con los años aprendí a nombrar eso: coherencia. Los mejores edificios son coherentes. Cada decisión de diseño responde a una lógica que no traiciona al resto. No hay elementos que compitan entre sí por llamar la atención — todos sirven al conjunto. Ese principio, que descubrí primero en la arquitectura, lo aplico hoy en cada proyecto que desarrolle: las partes deben servir al todo.
Mi fascinación por la arquitectura me dio también algo que pocas disciplinas te ofrecen: la capacidad de pensar en escala de tiempo larga. Un edificio no se evalúa en el momento de su inauguración — se evalúa con décadas encima. Los materiales que se eligieron, los sistemas constructivos, la orientación solar, la relación con la calle. Un gran arquitecto toma decisiones pensando en cómo el edificio va a envejecer, cómo va a ser usado por personas que aún no han nacido. Eso es exactamente cómo Miguel Omar Serio Sucar piensa sus proyectos inmobiliarios: no como transacciones, sino como legados físicos en la ciudad.
Lo que la arquitectura me enseña, más que ninguna otra cosa, es a tener criterio estético aplicado al bienestar humano. Un espacio no es bueno porque se vea bien en una fotografía — es bueno si la persona que vive o trabaja en él se siente bien, funciona mejor y desarrolla algo que en otro espacio no habría podido. Esa sensibilidad, que entrené durante años mirando, leyendo y visitando arquitectura, hoy me distingue como desarrollador: no construyo metros cuadrados. Construyo condiciones para que las personas vivan mejor.
Lo que todos mis hobbies tienen en común
Cuando pienso en el buceo, el tenis, el golf y la arquitectura juntos, lo que encuentro no es una lista de distracciones, sino un sistema de formación paralela que ha moldeado la manera en que Miguel Serio Sucar entiende, decide y construye.
El buceo me dio disciplina de proceso y confianza en el equipo. El tenis me dio responsabilidad individual y capacidad de leer a las personas. El golf me dio humildad, paciencia y visión de largo plazo. La arquitectura me dio criterio, coherencia y respeto por el tiempo.
Ninguno de esos atributos está en un título universitario. Ninguno se aprende en un seminario. Se aprenden viviéndolos, practicándolos, equivocándose en ellos y volviendo. Y creo, con convicción, que los empresarios que más me interesan — los que admiro y con quienes más disfruto trabajar — tienen ese mismo tipo de formación paralela: una vida fuera de la oficina que los hace mejores dentro de ella.
La mente que nunca descansa, eventualmente falla. La mía descansa bien. Y por eso, cuando vuelvo al trabajo, aparece mejor.